El golpe no le abrió la piel, pero sí los ojos

Durante meses había aprendido a reconocer el sonido de las llaves antes de escuchar la puerta. También a medir el humor de una respiración, a distinguir el peso de los pasos y a calcular cuánto tiempo convenía permanecer en silencio después de una pregunta. La casa tenía sus propios códigos de supervivencia, Pablo los conocía todos. Los había incorporado de a poco, como quien aprende un idioma que nunca quiso hablar.

Al principio fueron un par de palabras desentonadas. Después llegaron las discusiones que terminaban con estruendosos portazos, objetos golpeando la pared y silencios que podían durar horas. Él encontraba explicaciones para cada episodio. Se justificaba pensando que Ramiro estaba estresado, que quizá había tenido un mal día o simplemente estaba cansado y, por eso, reaccionaba de esa manera. Después pedía perdón. Pablo aceptaba. El amor, pensaba, también debía consistir en saber cuándo esperar a que el otro volviera a ser quien fue en un principio, en la etapa del enamoramiento.

Hasta aquella noche.

No recuerda exactamente qué dijo, pero sí recuerda el movimiento. Una mano que salió de ninguna parte, un sonido seco y su cabeza girando apenas hacia un costado. Durante unos segundos, el mundo quedó suspendido en una quietud extraña. No hubo sangre ni tampoco una herida visible. Apenas el ardor creciendo sobre la piel y una pregunta que apareció con una claridad que ninguna discusión anterior había conseguido provocar.

¿Qué estoy haciendo acá?

En el interior de Pablo, en cambio, nada estaba quieto. Era como si un universo entero hubiera perdido de golpe sus órbitas. Los recuerdos chocaban entre sí, las explicaciones se desintegraban, el miedo corría sin dirección y una certeza nueva atravesaba todo como un relámpago. Sintió que podía escuchar, al mismo tiempo, todas las veces que había dudado de sí mismo. Todo aquello que había acomodado, justificado y perdonado regresaba ahora a una velocidad insoportable. No sabía todavía qué iba a hacer. Sólo sabía que algo había cambiado para siempre.

Se llevó una mano a la cara. Del otro lado de la habitación, Ramiro también parecía sorprendido. Después llegó el pedido de perdón, casi automático, seguido por las explicaciones que ya conocía. Que había perdido el control. Que no volvería a pasar. Que él también lo había provocado. Las palabras intentaban reconstruir la escena, acomodarla, volverla comprensible, pero Pablo las escuchó desde una distancia nueva.

Entonces miró alrededor.

Vio la mesa donde habían cenado tantas veces. El vaso que había dejado junto al sillón. Las fotografías de viajes pegadas en la pared. La planta que regaba cada domingo. Todo seguía exactamente en su lugar, sin embargo, algo acababa de romperse para siempre y fue la historia que Pablo se había contado infinitas veces para poder quedarse.

Comprendió que aquella mano no había aparecido de repente. Hubo señales. Una palabra que lo hizo callar. La vez que por celos le revisó el teléfono. Una amistad cuestionada. Una salida cancelada. Una puerta bloqueada y un pedido de perdón utilizado como borrador. Cada episodio había sido una pequeña advertencia que él había aprendido a traducir como amor, preocupación, celos o mal momento.

El golpe duró menos de un segundo. Lo que abrió después tardó mucho más en cerrarse. Por primera vez pudo mirar aquella relación desde afuera, aunque todavía estuviera dentro de ella. Desde esa distancia entendió que el amor no debería exigir miedo como precio de permanencia.

Esa noche no se fue. A veces, escapar empieza mucho antes de cruzar una puerta, más bien sucede cuando una persona deja de negociar con aquello que sabe que la está destruyendo. Empieza cuando vuelve a creerle a su propia percepción y comprende que sobrevivir no es sinónimo de amor.

Frente al espejo, todavía con la marca del golpe sobre el rostro, Pablo se miró durante largo rato. Por primera vez en mucho tiempo no buscó en sus ojos una explicación para las acciones de Ramiro.

Relato corto, por Diego Pacheco.

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