En busca del paraíso escondido

Llevaba tres días en la ciudad cubana de Trinidad, a más de 300 kilómetros de La Habana y me tentó una propuesta de la que no había oído hasta entonces: unas piletas de agua natural perdidas en la selva.

A decir verdad, al principio lo dudé por un momento. Trinidad es una de las tres ciudades más antiguas del continente americano, quería aprovechar al máximo mi estadía allí y esta excursión me llevaría casi un día entero.

Finalmente me decidí y ¡fue una experiencia inolvidable! Cabalgata, travesía por la selva y detalles maravillosos que te contaré unas líneas más abajo.

primera parte del recorrido

Empezamos temprano en la mañana, eran casi las ocho. Hierba húmeda, leña quemada y estiércol de caballo componían el particular y relajante aroma amaneciente de una ciudad histórica.

Cabalgamos durante una hora y media saliendo de la colorida Trinidad, que empezó a desaparecer a nuestras espaldas mientras avanzábamos por las chacras que nos llevarían a un ambiente mucho más selvático.

Éramos un grupo de cuatro personas. El guía cubano, llamado Reinier Toscano, y un hombre con su hija adolescente llamada Érika (ambos habían llegado desde Europa).

El haber sido un grupo pequeño nos permitió una experiencia divertida y bien personalizada. Reinier hablaba conmigo en español y repetía lo mismo en inglés para los otros dos.

En un principio, mis compañeros europeos y yo, nos entendíamos con miradas y risas que iban y venían. Era una complicidad sin idioma, nos estábamos permitiendo compartir la experiencia, dejándonos llevar por ella.

la primera parada

El sol empezó a pegar directo, eran cerca de las diez de la mañana y, entrando a las sierras, nos esperaba una pequeña cafetería al estilo quincho. Atamos los caballos en la entrada del sitio y el amargo e intenso aroma a café aumentaba a medida que nos acercábamos a las mesas.

Había unas seis personas más, era otro grupo de turistas con quienes compartimos el desayuno. Los dueños del lugar nos obsequiaron un habano artesanal, una taza de café e interpretaron la siguiente canción para musicalizar el momento.

Este café criollo es conocido como «Cimarrón», bautizado así por el abuelo del cafetero cantante del video. Su nombre significa «libertad» y es totalmente ecológico.

Ya teníamos que volver a cabalgar

Las tazas, con un colchón de borra en el fondo, habían quedado vacías. Volvimos por los caballos y emprendimos camino nuevamente bajo un cielo diáfano. Pasó más de media hora de trayecto, mis dedos no olvidaban el áspero aroma a tabaco y mi boca conservaba aún el recuerdo de aquel delicioso café.

Ya en una zona de mayor altura, mucho más rocosa y abarrotada de arbustos, empezamos el tramo a pie. Atamos los caballos en un parador, allí esperarían nuestro regreso.

la caminata

El camino estaba bien marcado. El guía avanzaba delante de nosotros mientras nos contaba sobre la flora y la fauna del lugar. Marchábamos en fila, rodeados de una vegetación espesa que apenas permitía el paso de algunos rayos de sol. La tierra húmeda despedía un aroma puro y fértil, conocido como petricor (mi favorito).

**Un detalle que nos sorprendió**

Algunas aves cantaban entre los árboles y una suave brisa movía los arbustos a nuestro alrededor. Mientras caminábamos, Reinier continuaba contándonos historias sobre aquel lugar, hasta que, de repente, nos pidió: «¡Deténganse un minutito!».

Se adentró apenas unos pasos en los matorrales y regresó con una rama blanda en sus manos. Le pidió a Érika que se acercara a él para mostrarnos cómo se decoraban sus cabezas las antiguas nativas de la zona.

En cuestión de segundos, dos movimientos y un nudo formaron una corona.

La caminata siguió. Ya eran pasadas las once de la mañana cuando un nuevo sonido empezó a asomar susurrante y, a medida que avanzábamos, aumentaba fluidamente su volumen.

Era agua que corría cerca de nosotros, el aroma a tierra y piedras mojadas también se intensificaba. A nuestra derecha, comenzaron a aparecer los primeros arroyos, todo parecía anunciar que estábamos muy cerca de la meta.

Era como si el paraíso prometido nos hiciera llegar el agua para mostrarnos el camino. Varias horas de recorrido estaban a punto de llegar a su fin.

Caminamos en subida un poco más, mientras que los arbustos a nuestro alrededor se ponían más intrincados, como cortinas que en cualquier momento develarían el escenario.

¡De repente sucedió! El angosto camino llegó a su fin y nos encaró con un gigantesco círculo, rodeado por cientos de árboles que custodiaban las dos piscinas abrazadas por la inmensidad de los montes.

Pileta más alta.

Pileta inferior.

Ya había un grupo de personas en el lugar y creo que a todos nos pasó lo mismo. Primero, fue inevitable detenerse a observar a una distancia que permitiera un panorama completo para, luego de haber guardado esa imagen mental, empezar a recorrer la zona.

Me senté entre las dos ollas. Una se encontraba más alta que la otra y la de arriba alimentaba a la de abajo desde una pequeña cascada que murmuraba una melodía adormecedora y relajante.

Una estructura curiosa

Turista curioso.

Una serie de piedras, que parecían flotar, llamaron mi atención (y la de todos). Estaban apiladas dentro de una pequeña caverna de la pileta más alta. Nuestro guía nos contó que solo era algo que los mismos viajeros inventaron y fueron manteniendo con el pasar de los años.

Como una especie de gesto simbólico, todo el que quería podía nadar hasta ese extremo y apilar su piedrita a modo de agradecimiento a la Madre Tierra por haberle permitido llegar hasta allí.

Me recordó al ritual de las apachetas, que consta en apilar piedras para agradecer o pedir deseos a la Pachamama.

Ya eran las doce del mediodía y el clima estaba exquisito. Los casi treinta grados de calor se expresaban en la transpiración de mi frente. Pero, se compensaba con los fresco soplidos de la abundante fauna.

Llevaba un short en mi mochila y pregunté a Reinier dónde podía cambiarme de ropa. Él me señaló una zona, un poco apartada, entre los matorrales. El baño era parte del bosque y estaba delimitado por una pequeña entrada fabricada con hojas de palma secas que se perdía entre la vegetación.

Me acerqué y, sin asomarme, pregunté si había alguien dentro. Al no recibir respuesta, atravesé la «puerta» y descubrí que el baño era ni más ni menos que la inmensidad de la selva.

Apurado, cambié mis pantalones largos por el traje de baño mientras me asomaba entre las palmas para asegurarme de que no estuviera acercándose alguien. Ya con ropa ligera, el aire fresco empezó a coquetear con mis piernas que acumulaban una capa de sudor desde la extensa caminata.

Volví a ponerme las zapatillas para evitar pincharme entre los arbustos, hasta que llegué nuevamente al bajo. Una vez en el suelo rocoso que rodeaba las piletas, me volví a descalzar y las piedras comenzaron a conversar con las plantas de mis pies sobre frescura y porosa humedad.

«¡Diego! Camina despacio, que las rocas están resbaladizas«, me advirtió el guía mientras se acercaba para alcanzarme un refrescante coco con una bombilla clavada.

Mis compañeros, Érika y su padre.

No soy de consumir bebidas alcohólicas y esa especie de «coco loco» tenía bastante alcohol. Por unos minutos, me demoré un poco más de lo habitual en calcular mis pasos sobre las piedras.

Debe haber sido gracioso verme intentando caminar derecho. Aun así, luego de respirar el aire fresco por unos minutos, volví a estar cien por ciento lúcido (creo) y me dediqué a disfrutar del lugar y a tomar fotos.

aún había más para ver

Llevábamos más de una hora allí y teníamos que emprender el regreso. Volví al baño para ponerme mis jeans, me acerqué por última vez a las piletas para observarlas y me sentí muy agradecido de haber podido llegar hasta aquel lugar y por la inmarcesible experiencia.

Para el regreso había una «parada sorpresa» que Reinier nos tenía preparada. Los arbustos y el cantar de las aves acompañaron nuestro caminar una vez más. Llegamos al parador donde habíamos dejado nuestros caballos y emprendimos el trote, pero por un camino diferente del que habíamos llegado.

Eran pasadas las dos de la tarde y el calor se dejaba ver en el sudor que brotaba en nuestras espaldas, humedeciéndonos la ropa. El sol golpeaba con fuerza en la tierra seca del suelo. Apareció una pequeña construcción de troncos y palmas bajo unos inmensos árboles copudos. Allí había gente esperándonos.

Dos campesinos nos recibieron, iban a enseñarnos el arte de extraer jugo fresco de la caña de azúcar. Atamos nuestros caballos a la sombra y nos guiaron hacia una montaña de cañas cortadas, apiladas a un costado.

Eligieron una rama larga, como de dos metros, y la pasaron por un rodillo. Mis compañeros y yo quedamos sorprendidos al ver cómo extraían el líquido espumoso que caía de lleno en el fondo del balde de metal.

Prepararon una deliciosa bebida para nosotros. A ese dulce néctar, que recién habíamos «ordeñado» de la caña, le echaron un poco de ron.

Nos ubicamos en una barra de madera, bajo la sombra de una frondosa arboleda. Sobre nosotros, las ramas y las hojas formaban una cubierta natural que se movía suavemente con el viento. Desde allí escuchábamos el sonido de la vegetación mientras compartíamos aquel momento habitando la dicha del aquí y ahora.

Luego, nos enseñaron un bello gesto. Nos dieron una pieza de comida a cada uno, era para nuestros caballos. Teníamos que ofrecérselas a modo de gratitud por habernos trasladado durante todo el recorrido.

Verdaderamente, ese fue un acto que me conmovió y parte el broche de oro de una experiencia que siempre llevaré conmigo. Cabalgábamos el último tramo y ya eran poco más de las tres de la tarde. Detrás de nosotros quedaba aquel hermoso paraíso.

Mientras avanzábamos, no paraba de girar mi cabeza para poder mirar los cerros de donde acabábamos de salir. Parecía mentira que, oculto entre aquellos montes, se hallara semejante pedacito de cielo.

Ya íbamos entrando a las chacras y la colorida ciudad de Trinidad apareció delante de nosotros. Los caballos conocían el camino de regreso, pero yo todavía buscaba con la mirada aquellos montes que escondían semejante paraíso. Allí quedaban el agua, la vegetación y el silencio que nos habían acompañado durante tantas horas. Me alejaba de aquel lugar con la certeza de que algunos destinos no necesitan aparecer en los mapas para convertirse en inolvidables.

Crónica de viaje, por Diego Pacheco, para Trinidad Cuba Travel, edición papel (2018).

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4 comentarios en “En busca del paraíso escondido”

  1. AL LEERTE, SIENTO ESO QUE NO SE EXPLICA EN PALABRAS…LOS BRASILEÑOS LE DICEN «SAUDADES», LO MÁS PARECIDO QUE ENCONTRÉ EN CASTELLANO ES «NOSTALGIAS»…ME HACE VOLVER A ESAS TIERRAS (COSA QUE HAREMOS EL MES ENTRANTE), PERO, Y AUNQUE TE PAREZCA LOCO, DEBO SECAR UNA LÁGRIMA, QUE CAE DE MIS OJOS. CUBA ENAMORA, Y SIENTO PENA POR AQUELLOS QUE NO LA PUDIERON SENTIR DE ESA MANERA. HERMOSA CRÓNICA, Y MI MEJOR DESEO PARA TI…DESDE ARGENTINA, UN FUERTE ABRAZO, Y …HLVS

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    • Leer que te ha conmovido me conmueve a mi también, Raul.
      Cuba dejó algo en mí que es difícil de ponerlo en palabras. Me curó el alma, me abrió el corazón y me llenó de esperanzas. Te mando un abrazo también desde Argentina (Buenos Aires)
      Gracias por tu tiempo ¡Saludos!

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