Ella me seguiría buscando

Era más grande que yo. No puedo asegurar si solo me miraba a los ojos o si me
observaba en mi totalidad.

¿Era ella más grande que yo? Mi sistema nervioso, colapsado, me decía que sí. ¡Que
era enorme y mucho más fuerte!

Necesitaba llegar hasta la mesada, donde había olvidado mis llaves, pero ella seguía parada en el medio. Ahí…, imponente.

¡Abrió sus alas! El sacudir de mis rodillas le confirmaba que estaba intimidándome.

Me sentía incómodo en mis adentros. La adrenalina, que necesitaba atravesar mi piel, no paraba de latir en la yema de mis dedos.

Cerró sus alas. Mi cuerpo se bañaba en sudor frío, lo que me llevó a tomar conciencia de aquel momento presente.

Recordé los ejercicios de respiración que alguna vez me enseñaron.

Inhalé… exhalé… y como un mantra, en mi mente se repetía la voz de aquella doctora diciéndome: “Es más pequeña que el dedo gordo de tu pie”.

Aferrado a mi respiración noté como, de a poco, la desgraciada comenzaba a reducir su tamaño.

De monstruo pasaba a insecto y de insecto, a ser aplastado por mi pie. Una cucaracha menos.

Por Diego Pacheco.
(Cuento corto sobre la fobia y su impacto).

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